Después de una cirugía abdominal, muchas personas esperan que el proceso de recuperación sea lineal: la herida cicatriza, el dolor disminuye y la vida vuelve poco a poco a la normalidad. Sin embargo, en algunos casos aparece una preocupación inesperada: un abultamiento en la línea media del abdomen, sensación de debilidad al hacer esfuerzos o dolor lumbar persistente.
Estos signos pueden corresponder a una diástasis de rectos después de cirugía abdominal, una condición más frecuente de lo que se cree y que merece una evaluación adecuada.
En la práctica de la Dra Jennifer Gaona, cirujana plástica en Bogotá con amplia experiencia en cirugía abdominal reconstructiva y estética, es común atender pacientes que consultan con dudas sobre si estos cambios son normales o si requieren tratamiento.
Este artículo está pensado para acompañarte en ese proceso de comprensión: qué es la diástasis de rectos tras una cirugía, por qué ocurre, cuándo es esperable y cuándo conviene buscar atención médica especializada.
La diástasis de rectos abdominales es la separación anormal de los dos músculos rectos del abdomen, que normalmente están unidos en la línea media por una estructura fibrosa llamada línea alba. Tras una cirugía abdominal, esta banda puede debilitarse, adelgazar o perder tensión, permitiendo que los músculos se desplacen hacia los lados.
Es importante entender que la diástasis no es lo mismo que una hernia. En la hernia existe un defecto real, un “orificio” por donde se producen tejidos internos. En la diástasis, en cambio, no hay un agujero, sino un ensanchamiento de la línea alba. Aun así, ambas condiciones pueden coexistir, sobre todo en pacientes que han tenido cirugías previas o aumento sostenido de la presión abdominal.
La cirugía abdominal implica incisiones, manipulación de tejidos y suturas que, aunque se realicen con la técnica correcta, pueden afectar la integridad de la pared abdominal. Procedimientos como laparotomías, cesáreas, cirugías digestivas o incluso una abdominoplastia previa pueden debilitar la línea alba.
Factores como infecciones postoperatorias, mala cicatrización, tensión excesiva en la herida, obesidad, embarazos previos o múltiples cirugías aumentan el riesgo. Con el tiempo, esa combinación de tejido debilitado y presión interna favorece la aparición de la diástasis de rectos después de cirugía abdominal.
El signo más visible suele ser un abultamiento en la línea media del abdomen, que se hace más evidente al toser, levantarse de la cama o hacer fuerza. Algunas personas describen que su abdomen “se abre” al contraerlo o que nunca logra verse plano a pesar del ejercicio.
A nivel funcional, la diástasis provoca debilidad del core, dificultando actividades cotidianas como cargar objetos, incorporarse sin ayuda de los brazos o mantener una postura erguida por periodos prolongados. Esta falta de soporte central suele traducirse en dolor lumbar crónico, sensación de inestabilidad y fatiga muscular.
En algunos casos, la alteración de la musculatura abdominal afecta la coordinación con el suelo pélvico, favoreciendo síntomas como incontinencia urinaria al reír, toser o hacer ejercicio. Estos signos no deben normalizarse y son una señal clara de que el abdomen no está funcionando de forma adecuada.
La valoración por un especialista es fundamental para confirmar el diagnóstico. El examen físico suele realizarse con el paciente en reposo y durante la contracción abdominal. Una separación mayor de 2 a 3 centímetros suele considerarse clínicamente relevante, aunque la decisión terapéutica no depende solo de la medida, sino también de los síntomas y el impacto funcional.
En algunos casos se solicitan estudios de imagen, como ecografía o tomografía, para valorar la integridad de la pared abdominal y descartar hernias ocultas. Esta evaluación personalizada permite definir si el manejo debe ser conservador o quirúrgico.
Cuando la diástasis es leve o moderada y no hay hernia asociada, el tratamiento inicial suele ser conservador. La fisioterapia especializada juega un papel central, enfocándose en la activación del transverso abdominal, la respiración diafragmática y el trabajo coordinado con el suelo pélvico.
Estos programas no buscan solo “cerrar” la separación, sino mejorar la función del core, reducir el dolor y devolver estabilidad al tronco. En muchos pacientes, este enfoque logra una mejoría significativa de los síntomas, aunque no siempre elimina por completo la separación anatómica.
La cirugía se considera cuando la diástasis de rectos después de cirugía abdominal es amplia, sintomática o se asocia a hernias. También es una opción cuando, a pesar de la fisioterapia, persiste la debilidad funcional o el dolor.
Existen diferentes técnicas quirúrgicas. La abdominoplastia permite reparar la diástasis mediante la plicatura de los músculos y, al mismo tiempo, corregir exceso de piel y flacidez. En otros casos se emplean técnicas laparoscópicas o reparaciones con malla, especialmente cuando hay defectos asociados o riesgo de recidiva.
La elección del procedimiento depende de la anatomía, antecedentes quirúrgicos y objetivos del paciente. Por eso es esencial una conversación clara con el cirujano sobre expectativas, beneficios y riesgos.
La recuperación después de una cirugía para corregir la diástasis de rectos después de cirugía abdominal es un proceso progresivo que requiere constancia, paciencia y seguimiento médico. El objetivo no es sólo una correcta cicatrización, sino también restaurar la función del abdomen y prevenir recaídas a largo plazo.
Durante las primeras dos semanas, la prioridad es proteger la sutura de la línea alba. En este periodo es normal presentar inflamación, sensación de tirantez y molestias al moverse. El control del dolor con la medicación indicada, el reposo relativo y la movilización suave son fundamentales.
Es importante evitar cualquier actividad que aumente la presión intraabdominal, como cargar peso, hacer fuerza al incorporarse o realizar movimientos bruscos. Incluso acciones cotidianas como toser o reír deben hacerse con soporte manual del abdomen para reducir la tensión sobre la reparación.
La faja abdominal cumple un rol clave durante la recuperación inicial. Brinda soporte externo, disminuye la sensación de inestabilidad y ayuda a mantener los tejidos en la posición adecuada mientras cicatrizan. Generalmente se indica su uso continuo durante las primeras 4 a 6 semanas, según la técnica quirúrgica y la evolución individual.
El cuidado de la herida también es esencial. Mantener la zona limpia y seca, vigilar signos de infección y acudir puntualmente a los controles médicos permite detectar y tratar cualquier complicación de forma temprana.
Entre la segunda y la sexta semana, muchos pacientes pueden retomar actividades ligeras, como caminar distancias mayores o realizar tareas domésticas simples. Sin embargo, el regreso al trabajo dependerá del tipo de actividad laboral: los trabajos sedentarios suelen retomarse antes que aquellos que implican esfuerzo físico.
La fisioterapia especializada suele iniciarse en esta fase. Su objetivo es reeducar el core, mejorar la coordinación muscular y fortalecer el abdomen de forma segura, sin comprometer la reparación quirúrgica.
El ejercicio más intenso, incluyendo entrenamiento de fuerza, impacto o deportes, suele posponerse hasta aproximadamente las 12 semanas, siempre con autorización médica. El retorno debe ser gradual y guiado, priorizando la técnica y el control muscular sobre la intensidad.
Un reinicio apresurado del ejercicio es una de las principales causas de recaída, por lo que respetar los tiempos de recuperación es una inversión directa en la durabilidad del resultado quirúrgico.
Una vez superada la etapa inicial de recuperación, el enfoque se traslada a la protección a largo plazo de la pared abdominal. La cirugía corrige la diástasis, pero el mantenimiento del resultado depende en gran medida de los hábitos diarios del paciente.
Mantener un peso estable es uno de los factores más importantes para prevenir la reaparición de la diástasis. El aumento de peso significativo incrementa la presión dentro del abdomen y somete nuevamente a tensión la línea alba reparada.
Evitar el estreñimiento, tratar la tos crónica y controlar hábitos que generen esfuerzo repetido también contribuyen a reducir la presión intraabdominal de forma sostenida.
El fortalecimiento del abdomen no termina con la cirugía. Programas de ejercicio enfocados en el transverso abdominal, la respiración diafragmática y el suelo pélvico ayudan a mantener la estabilidad del tronco y a distribuir correctamente las cargas durante el movimiento.
Este trabajo debe ser progresivo y, preferiblemente, guiado por fisioterapeutas con experiencia en rehabilitación abdominal postquirúrgica.
Aprender a sentarse, levantarse y cargar objetos de forma correcta protege la reparación a largo plazo. Flexionar las rodillas, mantener la carga cerca del cuerpo y evitar movimientos explosivos sin control abdominal reduce el riesgo de lesiones y recaídas.
Escuchar las señales del cuerpo es clave. Dolor persistente, sensación de abultamiento o cambios en la cicatriz deben ser motivo de consulta médica, incluso meses o años después de la cirugía.
No. Muchos casos mejoran con fisioterapia y cambios en el estilo de vida. La cirugía se reserva para diástasis amplias, sintomáticas o asociadas a hernias.
La faja no corrige la diástasis por sí sola, pero ofrece soporte y alivio durante la recuperación, especialmente tras una cirugía.
Sí, pero deben ser ejercicios específicos y guiados. Algunos movimientos tradicionales pueden empeorar la separación si no se realizan correctamente.
Existe un riesgo bajo de recidiva, que aumenta si hay ganancia de peso significativa o se retoman esfuerzos intensos antes de tiempo.
La diástasis de rectos después de cirugía abdominal no es solo una preocupación estética; es una condición funcional que puede afectar tu postura, tu fuerza central y tu bienestar diario. Reconocer los síntomas a tiempo y saber cuándo buscar atención médica especializada marca la diferencia entre convivir con molestias crónicas o recuperar un abdomen estable, fuerte y funcional.
Cada abdomen operado tiene una historia distinta. Por eso, la Dra Jennifer Gaona y su equipo abordan la diástasis abdominal desde una evaluación integral y personalizada, teniendo en cuenta tus cirugías previas, síntomas, objetivos y estilo de vida.
Este enfoque permite definir el tratamiento más seguro y efectivo, ya sea conservador o quirúrgico, siempre priorizando la función, la armonía corporal y la durabilidad de los resultados.